El día que robé un quetzal (Q1) - Reflexiones sobre ciudadanía, ética y justicia
Era viernes, hace poco. Eran más o menos las 4:45 de la tarde y me encontraba en la universidad. Era hora de volver a casa y me dispuse a abordar un bus.
Mientras caminaba hacia la "parada", avisté un bus rojo de la ruta 203. No eran todavía las 5, pero sabía que el chofer iba intentar cobrarme de más. Aún cuando la tarifa autorizada para todo el día es de Q1, es sabido por todos que pilotos y ayudantes cobran desde Q2 hasta Q5 a partir de las 5-6PM, sin ninguna autorización que respalde una práctica a todas luces ilegal. Prácticamente se trata de una extorsión que termina siendo aceptada por los pasajeros. Hay un momento en el día que los ayudantes empiezan con su "2 vale, 2 vale", comunicándoles a los futuros pasajeros el nuevo precio. Durante los viajes en bus he comprobado lo siguiente: entre 4-6 de la tarde, aún cuando el piloto ya exija el doble pago ilegal, si uno solamente le da una ficha de quetzal, la recibe de muy mal humor pero no hace mayor problema. En cambio, si el pago es con un billete de Q5 o más, el piloto aprovecha para cobrar Q2 y sólo da Q3 de cambio. Exactamente eso pensé que podría pasar aquella tarde cuando me percaté que, desafortunadamente, no llevaba ninguna ficha sino sólo un billete de Q5. Lamenté la situación pero subí al bus con determinación, dispuesto a exigir lo justo si era necesario.
Subí, saqué mi billete de a Q5, se lo di al piloto, y ¿qué creen que pasó? Pues nada nuevo. Exactamente lo que había previsto: el piloto, con toda naturalidad, tomó el billete y me devolvió tres fichas de un quetzal. Ahí, en ese bus, a esa hora, el piloto estaba robando con total impunidad. Lo importante no era la cantidad, sino el hecho en sí.
Mi hermana siempre intenta contenerme cuando suceden cosas así -especialmente en los buses- porque no quiere que me meta en problemas. El hecho es que después de recibir el vuelto, con la mirada recorrí mi mano, y sólo vi tres fichas. Entonces, con voz sobria (creo) pero fuerte (creo), reclamé:
-Señor, falta un quetzal, sólo me dio 3.
-2 vale chavo.
-Me está cobrando Q2 y el pasaje cuesta Q1.
-2 vale chavo
-Señor, le estoy diciendo que me falta un quetzal.
-Ah hombre, 2 vale
-No señor, falta un quetzal. No sea corrupto.
-¡Qué %&·$ con vos! Si no querés bajáte. Dame las fichas, tomá tu billete.
-No señor, falta un quetzal.
-Tomá el billete hombre, ya.
-Señor, no sea corrupto, déme el quetzal que falta.
Luego de esta breve discusión, el piloto, evidentemente molesto, tomó dos fichas y me las dio. En el instante, me alegré al pensar que el piloto al fin había cedido y me daba lo que me correspondía. Pero rápidamente percibí su mensaje: "Aquí está todo tu dinero, así que bajáte del bus". Para ese entonces, sin embargo, yo ya había caminado hacia el fondo del bus, y pensaba en lo que había sucedido. Por un breve momento, pensé que el piloto enfurecería e intentaría bajarme del bus. Me tranquilicé al ver que ni siquiera vio el retrovisor. Y entonces gocé unos instantes de 'victoria', o así me pareció. No sentía que me había salido con la mía, pues simplemente había reclamado algo que era justo. En mis adentros, me felicité. Pero la armonía duró poco.
El piloto me dio dos fichas de 1Q. Ya me había dado Q3, por lo que ahora, en vez de tener un billete de Q5, yo tenía esos Q5 en fichas y estaba adentro del bus, como un pasajero más. Ahora resultaba que iba de gratis, porque tenía los Q5 con los que entré. Debatí conmigo mismo y concluí apologéticamente: "Yo sólo le pedí 1Q y me dio Q2." Consideré que tenía todo el derecho de permanecer en el bus. Sin embargo, a pesar de mis pensamientos iniciales, pronto empecé a aceptar, con dificultad, que tampoco podía viajar sin pagar -¡por más que nunca había sido mi intención hacerlo así! ¿Qué tocaba entonces? Pues pagar el quetzal. Ir con el piloto y pagarle la tarifa. Al principio rechacé la idea y me resistí con fuerza, porque no quería tomar la iniciativa con aquel piloto, pensando que no 'merecía' semejante gesto. Y entonces comenzó una lucha interior. Mi orgullo y la lógica de la situación me decían: "No lo devolvás, no fue tu culpa. No hiciste nada mal." Pero también había otros pensamientos en mí. Finalmente, envuelto en una lucha espiritual y desafiado por mis propias convicciones, supe que no había alternativa: la persona involucrada (el piloto) y mi percepción de ella no podían ser los parámetros para hacer o no lo correcto. Lo correcto debía ser hecho y punto.
Me gustó la idea pero no mucho lo que implicaba. Sin embargo, estaba decidido. Para entonces, el bus había recorrido un buen tramo y ya mero tenía que bajarme. Me preparé mentalmente imaginando la escena. Imaginé la reacción del piloto al verme de nuevo y reflexioné sobre la actitud con la que me acercaría y las palabras que usaría. Sin tiempo para más, metí la mano en la bolsa de mi pantalón, seleccioné una de las fichas y me dirigí hacia la entrada del bus. Recuerdo haberme sentido bien mientras iba caminando, como casi liberado de una carga, y satisfecho por lo que estaba a punto de hacer. Me acerqué entonces al piloto y le dije algo así:
"Me dio dos quetzales. Aquí le pago lo del bus."
El piloto me miró, me reconoció, y dijo algo entre dientes antes de voltear la cara. Cuando sentí, ya estaba afuera del bus, con la ficha todavía en la mano. La intención no había bastado. Me quedé parado un rato en medio del arriate, sintiendo una mezcla de enojo, decepción y confusión. Había llegado a mi destino sin pagar. El 'agente de justicia' acababa de robar un quetzal. Sentí cómo mi incongruencia me golpeaba en la cara.
Pero, ¿qué fue lo que salió mal? Alguien podría decir: "Pero si vos lo intentaste, ya si él no quiso aceptar la ficha es su problema." Es cierto que lo intenté. Es cierto que él no quiso recibirla. Pero debo reconocer que yo había previsto esa situación –que el piloto no iba a querer recibir la ficha- y había imaginado una alternativa. Si él no la recibía, yo iba a poner la ficha en esa cajita donde las colocan. Cuando el piloto efectivamente rechazó la ficha, yo no tuve la valía de colocar la ficha en la cajita ni quise insistir. Hubiera podido dársela al ayudante, o no sé. Algo hubiera hecho para no quedarme con esa ficha, para no cometer aquella injusticia.
Este suceso me dejó varias lecciones, de las cuales una resuena más que todas: es evidente que hace falta determinación para hacer lo correcto en circunstancias que nos invitan a relajarnos por el hecho de haberlo 'intentado' y no haber obtenido la respuesta o resultado deseados. Cuando subí al bus, sí que tuve determinación para defender mi derecho de pagar la tarifa autorizada, y discutí con el piloto hasta que me devolvió lo que me debía y aún más. Pero cuando me tocó reparar mi injusticia y defender el derecho del piloto –aún cuando era un piloto injusto también- ya no tuve la misma determinación, ni insistí con la misma fuerza. Es claro que si vamos a ser personas justas, debemos serlo sin restricción, y de comienzo a fin.
Por un lado, creo que mi injusticia es síntoma de una tendencia muy humana. Pero también creo que está alentada por los valores de nuestro contexto, por la cultura en que nos movemos. El Dr. Luis Mack -un reconocido sociólogo a quien tuve el gusto de tener como catedrático en la Escuela de Ciencia Política y ahora es un amigo- ha planteado el concepto de anomia regulada para describir y analizar la realidad guatemalteca. La palabra anomia es un término sociológico acuñado por Émile Durkheim que alude básicamente a una situación donde hay 'ausencia de normas' y por ende un ambiente de desorganización moral. La anomia 'regulada' sería entonces algo así como una ausencia de normas aceptada, una ilegalidad normada. El término encierra una clara paradoja: lo contrario a la ley se convierte en la ley. Todos estamos de acuerdo en que las leyes deben ser respetadas, pero al mismo tiempo, cuando nos conviene, pareciera que no tenemos ningún problema en aceptar ciertas prácticas ilegales y terminamos participando de ellas –un ejemplo que da el Dr. Mack es el de los carros que se paran en cualquier lado y sólo ponen las luces de emergencia o 'luces de impunidad' como él las llama. El poner las luces de emergencia no nos faculta para estacionarnos en cualquier lugar, pero como es algo que todos hacen, uno termina por aceptarlo y hacer lo mismo. Esa es la anomia regulada, y es una grave enfermedad de nuestra sociedad.
Estoy seguro que muchos tenemos cada día la intención y el ánimo de ser ciudadanos íntegros, pero nos topamos con un contexto hostil que nos impulsa precisamente a ser a lo contrario, y terminamos convenciéndonos de que es imposible actuar en justicia. Intentamos, pero lo hacemos sin convicción, sin algo que nos impulse a buscar lo justo hasta el final y hasta las últimas consecuencias. El resultado es el conformismo, una pasividad que hace mucho daño. Volviendo a la experiencia en el bus, no tengo duda de que, no importando las circunstancias, mi deber era dar esa ficha y pagar mi pasaje a como diera lugar. Hice bien en exigir justicia y no pagar una tarifa ilegal. Pero haber exigido justicia y luego quedarme con una ficha que no era mía, me mostró lo injusto que yo era en realidad. Me mostró que mi justicia se basaba algunas veces en mi percepción de la situación. Eso se llama ética situacional y contradice las pretensiones de la justicia y la esencia de la integridad. Todo esto me ha llevado a preguntarme: ¿Cuántas veces perseguimos una acción justa y terminamos siendo partícipes, directa o indirectamente, de una injusticia? O más ampliamente: ¿cuántas veces hemos hablado de lo justo y verdadero y tan fácilmente toleramos nuestra propia injusticia y la de otros? Esto va más allá de lo promovido en campañas como "Yo asumo" la puntualidad, el orden, etc., aunque esto sea parte. No es simplemente un compromiso con los principios que llevan al 'éxito' personal. Es una invitación a la contracultura. ¿Tiene un costo? Desde luego. ¿Es fácil? No. ¿Es posible? Sí. Podemos estar seguros que los actos de justicia que realicemos cotidianamente, pequeños o grandes, tendrán un impacto. Tienen el potencial de crear cultura e impulsar una manera diferente de hacer las cosas y de vivir la vida.
Por último, no puedo dejar de mencionar un profundo recordatorio que me dejó esta experiencia: este episodio en el bus nunca debió haber ocurrido. Sin ir tan lejos, si me hubiera subido a un Transmetro habría metido mi ficha y habría abordado el bus sin problema –claro que el Transmetro tiene sus propios desafíos. El punto es que el sistema de transporte público no puede seguir igual de corrupto y deficiente. Si sigue así, las injusticias serán infinitas y lo que podamos hacer al respecto será limitado. Al reflexionar en las innumerables situaciones de ilegalidad e impunidad que ocurren diariamente en los buses y en tantos otros espacios, he sido recordado una vez más de los grandes desafíos políticos que tenemos como sociedad. Si bien hay que tener esos desafíos bien presentes, el reto cotidiano para cada un@ de nosotros tiene que ver con servicio, integridad y justicia en nuestros contextos locales –casa, universidad, barrio, escuela, lugar de trabajo, iglesia, espacios públicos. Entre ciudadanos, y especialmente entre nosotros, los amigos y conocidos, fiscalicémonos los unos a los otros y exijámonos mutuamente un estilo de vida contracultural.
3 comentarios:
Concluí apologéticamente! Anomía Regulada! Que articulo tan genial! Gracias Isra por hacernos reflexionar en esto, porque la justicia es un asunto que se vive en lo cotidiano.. Que Dios siga dándote mas experiencias y la sabiduría para compartirlas! Bendiciones amigo!
Your thoughts on your experience challenged my heart. So many times reasoning to make ourselves comfortable takes over which is sad. May God continue to strengthen your determination by the power of the Holy Spirit. With love, Daisy :)
Isra!! gracias por tus apuntes! un gran abrazo desde Costa Rica!
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