Hace una semana fue lo de mi quemadura. En mi casa, el jueves
en la noche. Gas paseando invisible en el horno. Fósforo. Pum. Vi la llama
poderosa venir hacia mí, pero no hubo tiempo de nada. Pánico. Ardor intenso. Mi
mano y el brazo derecho. Mi cara, intacta. Mis ojos, a salvo. Los lentes me
protegieron. Mi mamá, sin heridas. La primera hora fue la más penosa. El
auxilio vino pronto, de rostros familiares. Tomate fresco y pomada para
quemaduras. Pastilla para el dolor. Gasa. Abrazos. Una oración.
Ha pasado ya una semana. Las ampollas no se me reventaron
sino se desinflaron (es mejor!), y ahora solo estoy esperando que se me caiga
una costrita que se formó y que salga la nueva piel. La piel que tenía abierta ya
está sanando. He podido hacer mis tareas en la compu y hasta viajé a El
Salvador dos días después. Aquí estoy escribiendo estas líneas con los dedos
afectados que se van recuperando. Me he sentido cuidado y querido por Raquel. Desde ayer dejé de usar la gasa, aunque
tengo que continuar los cuidados básicos. Las marcas en mi mano y brazo están
allí y seguirán por un buen tiempo. En cambio, mi rostro no tuvo más cambio que
unas cejas menos frondosas –se me chamuscaron un poquitín. Mi pelo se quemó
apenas de unas orillas y se nota solo al tocarlo.
Hubo algo en mí que se quedó inmediatamente conmovido
después de que todo pasó y después de que hice el recuento de daños. Era claro
que me había salvado de algo mucho más grave, y sentí gratitud. Pero también
hubo algo más. Mientras estaba en la cama, ya “en-gasado” (:p), apenas una
media hora después del incidente, me sorprendí a mí mismo haciendo algo
terrible: sin pensarlo, ya andaba mirando mi Facebook en el teléfono. Estaba
viendo la novedades, como pasando página, consumiendo nuevas noticias, como si
lo que me había pasado no fuera suficiente noticia para permanecer en esa página, como si el ardor que sentía en el brazo no fuera suficiente
para enfocarme en mi propio dolor, como si ese destello de gratitud genuina que
brotó en mí no valiera la pena cultivarlo en el alma un segundo más. No. Había
que seguir. Seguir, seguir, seguir en este mundo que no se detiene.
Esta cultura de oportunidades increíbles de comunicación
y acceso a la información, también es la cultura de lo instantáneo, y también
la cultura del “zapping” (esa tendencia de pasar tiempo solo cambiando de canal
en la tv – o de noticias, o de páginas de internet). El asunto es que ahora estamos haciendo un
“zapping” frenético entre emociones, estados de ánimo y situaciones humanas. Esto es parte de lo que denuncia Enrique Rojas en "El hombre light" (escrito hace 20 años pero ya anticipaba esto).
No estoy en contra de la tecnología o redes sociales; lo
que me preocupa es cuánto nos anestesian. Ahora podemos darnos el “lujo” de
cambiar de canal si nos sentimos incómodos, de distraernos con mil imágenes,
videos y las incesantes actualizaciones que hace la gente de nuestra red, con
el resultado de –o con tal de-desconectarnos de nuestras emociones. Es como
inyectarse para no sentir. Es como una droga. La cuestión es que no lo hacemos
solo con la tristeza, sino con la alegría o gratitud, incluso con la esperanza!

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